Vivimos un tiempo en el que el liderazgo ha perdido muchas veces su raíz espiritual. Las empresas buscan resultados, los líderes persiguen reconocimiento y el éxito se mide por la rentabilidad o la expansión. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que todo don, toda capacidad de dirigir y toda influencia son una llamada a servir.
El liderazgo cristiano nace del corazón de Dios. Es vocación, no ambición; servicio, no dominio. Dirigir una empresa desde la fe significa responder a una llamada divina: la de ser instrumentos del Reino en medio del mundo económico, social y cultural.
Significa reconocer que toda empresa puede convertirse en un espacio de encuentro con Dios, un lugar donde las personas crecen, la creación se respeta y los recursos se orientan al bien común.
“El liderazgo cristiano no busca el poder del mundo, sino el poder del amor que transforma el mundo.”